Un Paisaje Cambiante

Escrito por: La Negreira

Desde hace ya un tiempo quería ir al desierto de La Tatacoa, es el desierto más cercano a Bogotá – además del desierto de La Candelaria en Boyacá- lo cual implica recorrido en carretera de alrededor de cinco horas. Cinco horas para hablar, escuchar música, sentir poco a poco el aumento de la temperatura y sobre todo admirar los paisajes verdes y montañosos de la carretera y los pequeños pueblos aledaños. Esa es una bondad de los viajes en carretera, tienes lo que está en frente y nada más, estás presente.

Ya en el Huila, en el camino de Neiva a Villavieja, el desierto empieza a anunciarse, el paisaje se torna un tanto árido, lo verde se vuelve cobrizo y emergen los cactus. Recorrimos la pequeña zona recreativa y de alojamiento del desierto unos 5 o 6 hospedajes con opción de camping, hamaca o habitación privada.

Optamos por acampar en El castillo de la reina del desierto, administrado por doña Margarita, heredado de su suegra. Doña Margarita, es una de las personas más amables que he conocido, siempre con una sonrisa y mucho que contar. Al llegar nos ofreció limonada helada, perfecta para refrescarnos del calor, nos presentó a su hija y a su nieta Helen quienes le ayudan a mantener el estadero y nos contó de su vida y del desierto.

Luego de recuperarnos un poco de la insolación, a eso de las 5:30pm, decidimos dar una caminata por ahí. Había una pancarta con un mapa del desierto indicando qué había para ver, un sendero, un cementerio de fósiles, los laberintos, entre otros. Nos adentramos pues al desierto por uno de los senderos, mientras el sol caía y la luna y la oscuridad se iban asomando. Me detenía cada tanto a contemplar los cactus de cerca y fotografiarlos.

Cuando estuvo demasiado oscuro, nos devolvimos por el mismo sendero y anduvimos por la zona superior del desierto, viendo cómo la gente terminaba de armar sus carpas y admirando el cielo, iluminado por una luna no muy grande, acompañada por centenares de estrellas.

Todos parecíamos dirigirnos hacia el mismo sitio, un amplio mirador donde se puede ver toda la grandeza del desierto (de día), y que en la noche se convierte en un sitio de reunión. Cruzando la calle, hay un restaurante y detrás de éste un observatorio. Ante la aglomeración de personas, la zona perdió su característica de desierto, y adoptó una de pueblo, de gente reunida para presenciar el cielo nocturno de uno de los sitios más reconocidos de Colombia. Quise fotografiar el increíble cielo estrellado pero no tuve éxito.

Poco después, volvimos al Castillo, estuvimos hablando un rato con doña Margarita y otros huéspedes antes de irnos a dormir. Amigos que habían visitado antes el desierto nos habían dicho que las noches solían ser frías, que había un cambio drástico de temperatura, así que con el dato en mente llevamos varias cobijas. Para nuestra sorpresa, la temperatura del día se mantuvo y nos deshicimos de las cobijas.

Sin embargo, pasamos una noche muy acalorada e incluso dormimos con la carpa abierta, siempre alertas del sonido sospechoso de algún insecto.

Nos levantamos temprano al día siguiente, con tal de evitar el sol. De camino a la ducha, fui picada por una horda de insectos, los únicos que me picarían en todo el viaje. El repelente ES importante. Luego de desayunar arepas, reemprendimos nuestra caminata por el desierto.

De la nada con nos encontramos con una cerca de alambre de púas, así que intentamos buscar algún camino para rodearla, el cual no hallamos. Más tarde escuchamos a un guía decirle a la gente que una parte del desierto había sido cerrada, pues estaba en restauración debido al maltrato que el público le ha dado últimamente. Recorrimos otros senderos, subiendo y bajando los estoraques. Nos encontramos también con restos de un cráneo animal.


Subimos de nuevo y anduvimos por encima del desierto, un paisaje impresionante, cada que llueve fuertemente, la lluvia deshace los estoraques, el viento los moldea y eleva y finalmente el calor los sella, como piezas de cerámica. Es un paisaje cambiante que se verá diferente cada vez que se visite. El desierto de La Tatacoa se forma y se reinventa así mismo.

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